(...) y sin apuro
Habiendo llegado Luciano Furaguido a los 42 años, para algunos una extrema mayoría de edad, y siendo dueño de una importante tienda de novedades importadas, que facturaba muy bien, entre otras cosas, decidió que debía comenzar a proyectar una familia. Optó primero, por consultar con sus amigos solteros, los que le aconsejaron esperar algunos años más para encarrilar su vida y asumir las responsabilidades del matrimonio y los hijos, que nunca son pocas. Luego acudió a sus amigos casados, aquellos le describieron todos los beneficios de la vida en familia, la llegada de los hijos y la completa felicidad compartida con la compañera adecuada. Todo esto, con el consiguiente alejamiento de la vida mundana, de los copetines, los compañeros y las farras. Los amigos separados, por supuesto, le advirtieron sobre las eventuales complicaciones del matrimonio, lo engorroso del trámite de divorcio y las trágicas consecuencias de la división de la sociedad conyugal, especialmente cuando existen menores involucrados. Con todo este amplio bagaje de opiniones bien intencionadas, llegó a su casa y viendo a su madre sentada en la mecedora tejiéndole una hermosa bufanda, le dijo dándole un beso cariñoso; hay algo para cenar mami, hoy tampoco pienso salir...
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