miércoles, 13 de enero de 2010
Para Pi
No recuerdo una mañana tan lánguida cómo la de hoy. Me levanté, cómo todas los días, pensando en algún quehacer, y no se me ocurre ninguno. Preparo el mate amargo que disfruto tanto, siempre solo, y pienso en escribir el gran cuento, ese que nos deja extenuados cuando llegamos al final, y lo releemos varias veces, sin creer que nosotros lo hallamos escrito en tan corto lapso de tiempo. Bueno, hay tantas cosas para hacer en una mañana lánguida. Podría sentarme a conversar con vos, pero casi nunca estás. Tu actividad diaria provoca que nos veamos poco durante el día, pero no me quejo, eso a vos te hace bien, y a mi también me hace bien verte feliz y activa. Ya estarás por llegar, voy a tratar de sorprenderte. Me impongo escribirte un poema de amor ante que llegues. Pasan las horas y no se me ocurre nada que pueda rimar con lo que siento por vos. Es que vos sos mi poema, el más logrado, el que lo tiene todo resumido en tres palabras, te amo tanto. Mi único amor de siempre y para siempre. No recuerdo una mañana tan lánguida cómo la de hoy... amadísima “Pi”...
y sin apuro...
(...) y sin apuro
Habiendo llegado Luciano Furaguido a los 42 años, para algunos una extrema mayoría de edad, y siendo dueño de una importante tienda de novedades importadas, que facturaba muy bien, entre otras cosas, decidió que debía comenzar a proyectar una familia. Optó primero, por consultar con sus amigos solteros, los que le aconsejaron esperar algunos años más para encarrilar su vida y asumir las responsabilidades del matrimonio y los hijos, que nunca son pocas. Luego acudió a sus amigos casados, aquellos le describieron todos los beneficios de la vida en familia, la llegada de los hijos y la completa felicidad compartida con la compañera adecuada. Todo esto, con el consiguiente alejamiento de la vida mundana, de los copetines, los compañeros y las farras. Los amigos separados, por supuesto, le advirtieron sobre las eventuales complicaciones del matrimonio, lo engorroso del trámite de divorcio y las trágicas consecuencias de la división de la sociedad conyugal, especialmente cuando existen menores involucrados. Con todo este amplio bagaje de opiniones bien intencionadas, llegó a su casa y viendo a su madre sentada en la mecedora tejiéndole una hermosa bufanda, le dijo dándole un beso cariñoso; hay algo para cenar mami, hoy tampoco pienso salir...
Habiendo llegado Luciano Furaguido a los 42 años, para algunos una extrema mayoría de edad, y siendo dueño de una importante tienda de novedades importadas, que facturaba muy bien, entre otras cosas, decidió que debía comenzar a proyectar una familia. Optó primero, por consultar con sus amigos solteros, los que le aconsejaron esperar algunos años más para encarrilar su vida y asumir las responsabilidades del matrimonio y los hijos, que nunca son pocas. Luego acudió a sus amigos casados, aquellos le describieron todos los beneficios de la vida en familia, la llegada de los hijos y la completa felicidad compartida con la compañera adecuada. Todo esto, con el consiguiente alejamiento de la vida mundana, de los copetines, los compañeros y las farras. Los amigos separados, por supuesto, le advirtieron sobre las eventuales complicaciones del matrimonio, lo engorroso del trámite de divorcio y las trágicas consecuencias de la división de la sociedad conyugal, especialmente cuando existen menores involucrados. Con todo este amplio bagaje de opiniones bien intencionadas, llegó a su casa y viendo a su madre sentada en la mecedora tejiéndole una hermosa bufanda, le dijo dándole un beso cariñoso; hay algo para cenar mami, hoy tampoco pienso salir...
Adolescer
Llegando tarde, como siempre, no quiero escuchar a nadie, suficiente con que fuera lunes, que lo parió. Ahí estaba el chancho colorado dando instrucciones, como siempre. Me vio, y no fué capaz de decir buen día. El muy hijo de puta, como siempre la tiene conmigo, me hice el pelotudo y busqué mi escritorio, “con vos tengo que hablar... pero después”. Anda al carajo , pensé y seguí con lo mío. Todos me miraban, esa invitación al diálogo del chancho los intrigaba, a mí no me preocupaba, ojalá me echara a la mierda de una vez por todas de esta oficina. Tres años sin progresar, siempre cobrando lo mismo y encima aguantando a la sarta de boludos que el chancho tiene dominados, forros sin futuro, siervos de la gleba, aprendices de pusilánimes que se acongojan si pierde River, pero se les puede morir la vieja que no se les cae una sola lágrima. Ma´ sí, qué me caliento, como si yo pudiera arreglar algo. Ahí viene el porcino de nuevo al ataque “ a ver Carlitos, pasá por mi oficina...” “ya voy papá... ya voy”.
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